lunes, 22 de abril de 2013

El núcleo caudado y el monarca en desgracia





La actual crisis económica e institucional española se ha analizado desde diferentes puntos de vista, con una importante dosis de pesimismo. Los casos de supuesta corrupción a diferentes niveles se suman a la crisis de las hipotecas, los recortes en educación y la pérdida de derechos sanitarios.

En las calles es palpable el aumento de la brecha entre ricos y pobres. Dentro del desánimo y la incertidumbre progresivamente cobran más fuerza las hipótesis que relacionan la crisis con el desapego de la burguesía dominante hacia el bienestar social. Es difícilmente justificable rescatar un banco que expropia la vivienda de un desfavorecido, mientras los casos de supuesta corrupción se suceden uno tras otro, sin mayor castigo que el social.

Éste artículo es un intento de alejamiento del pesimismo. Valgámonos de la situación y sus protagonistas para hacer un poco de ciencia e intentar profundizar en las bases neurocognitivas del castigo social. Es posible que estemos biológicamente predispuestos a castigar a los infractores incluso cuando esto nos represente un coste personal?.

Tomemos por ejemplo la monarquía española. Tras el episodio del elefante (del cual se cumple un año) y el caso Nóos que implica a los duques de Palma, la monarquía que hasta hace unos meses era la única institución pública con nota aprobatoria por parte de la población, ahora debe enfrentar una desaprobación casi generalizada. Según el saber popular, la monarquía se sostiene con base a recursos del estado, lo cual le confiere un deber moral. Dado que hay dinero de por medio, la línea entre lo justo y lo punible es rápidamente asumida y difundida como una creencia entre la gente. Sin embargo, apartando cuestiones ideológicas, que beneficio se puede sacar de buscar activamente el castigo de dichas figuras públicas?.

Un estudio alemán intenta responder a ésta pregunta sentando las bases para comprender el castigo social desde el punto de vista neurocognitivo (1). El castigo social o altruista se ha considerado como un componente crucial en la evolución de la cooperación humana. Sin embargo, dado que el castigo de una infracción no es una respuesta automática como la digestión, sino que por el contrario requiere de la interacción de sistemas de decisión e intencionalidad, los humanos debemos tener una motivación para castigar.

El estudio, que fue llevado a cabo en 2004, constaba de dos grupos participantes: A y B. Al inicio del estudio a cada uno le fue asignada una cantidad de 10 unidades monetarias (UMs). A continuación, si A confiaba en B, podría cederle sus 10 UMsy B recibiría además 30 UMs, sumando así 50 UMs en total (10+40 Ums). B tenía entonces la opción de devolver la mitad de la ganancia a A y quedar cada uno con 25 UMs o quedarse con la totalidad de las 50 UMs. En los casos en que B decidió no dar parte de la ganancia a A, a éste último se le dió la oportunidad de castigar a B. Durante un minuto se le pidió a A que pensara en la forma de responder a la actitud de B dentro de un abanico de opciones.

Durante éste proceso de decisión, a los sujetos A se les realizó PET cerebral (positron emission tomography) para monitorizar la activación metabólica de diferentes áreas cerebrales.
El estudio mostró que la decisión de A de castigar a B estaba precedida por una activación del núcleo caudado, una zona del cerebro que en estudios previos se ha relacionado con el procesamiento de recompensas. La intensidad de la activación del núcleo caudado era proporcional a la magnitud del castigo que A estaba dispuesto a aplicar a B. Los individuos con mayor activación del núcleo caudado mostraban incluso mayor predisposición a asumir un coste personal con tal de castigar a B.

Quiere decir entonces que tras el castigo altruista o la reprobación social se esconden mecanismos neurocognitivos vinculados con el procesamiento de recompensas. Frente a una situación injusta o reprochable, la búsqueda de castigo para el infractor conlleva un cierto placer que incluso nos lleva en ocasiones a estar dispuestos a asumir un coste personal con tal de ver pagar al culpable. Llama la atención que la magnitud de ése deseo de justicia sea proporcional al grado de activación del núcleo caudado. Sorprende que algo tan aleatorio como nuestra respuesta a un hecho punible venga determinado por factores biológicos, que incluso podrían tener distribución poblacional.

Será el primer monarca que deba preocuparse por conocer el tamaño del núcleo caudado de sus súbditos. Toda una modernidad.


(1) The Neural Basis of Altruistic Punishment Dominique J.-F. de Quervain. Science 27, 2004 Vol 305)

1 comentario:

  1. Que vorágine de neurotrasmisión tendría en mi frustrado caudado si pudiera castigar a los corruptos dirigentes de la salud en mi país, soñar no cuesta nada...

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