La actual crisis económica e
institucional española se ha analizado desde diferentes puntos de vista, con
una importante dosis de pesimismo. Los casos de supuesta corrupción a
diferentes niveles se suman a la crisis de las hipotecas, los recortes en
educación y la pérdida de derechos sanitarios.
En las calles es palpable el
aumento de la brecha entre ricos y pobres. Dentro del desánimo y la
incertidumbre progresivamente cobran más fuerza las hipótesis que relacionan la
crisis con el desapego de la burguesía dominante hacia el bienestar social. Es difícilmente justificable rescatar un banco que
expropia la vivienda de un desfavorecido, mientras los casos de supuesta
corrupción se suceden uno tras otro, sin mayor castigo que el social.
Éste artículo es un intento
de alejamiento del pesimismo. Valgámonos de la situación y sus protagonistas
para hacer un poco de ciencia e intentar profundizar en las bases neurocognitivas
del castigo social. Es posible que estemos biológicamente predispuestos a
castigar a los infractores incluso cuando esto nos represente un coste personal?.
Tomemos por ejemplo la
monarquía española. Tras el episodio del elefante (del cual se cumple un año) y el
caso Nóos que implica a los duques de Palma, la monarquía que hasta hace unos
meses era la única institución pública con nota aprobatoria por parte de la
población, ahora debe enfrentar una desaprobación casi generalizada. Según el
saber popular, la monarquía se sostiene con base a recursos del estado, lo cual
le confiere un deber moral. Dado que hay dinero de por
medio, la línea entre lo justo y lo punible es rápidamente asumida y difundida
como una creencia entre la gente. Sin embargo, apartando cuestiones
ideológicas, que beneficio se puede sacar de buscar activamente el castigo de
dichas figuras públicas?.
Un estudio alemán intenta responder
a ésta pregunta sentando las bases para comprender el castigo social desde el
punto de vista neurocognitivo (1). El castigo social o altruista se ha considerado
como un componente crucial en la evolución de la cooperación humana. Sin embargo,
dado que el castigo de una infracción no es una respuesta automática como la
digestión, sino que por el contrario requiere de la interacción de sistemas de
decisión e intencionalidad, los humanos debemos tener una motivación para
castigar.
El estudio, que fue llevado a cabo en 2004, constaba de dos grupos participantes: A y B. Al inicio
del estudio a cada uno le fue asignada una cantidad de 10 unidades monetarias
(UMs). A continuación, si A confiaba en B, podría cederle sus 10 UMsy B recibiría además 30 UMs, sumando así 50 UMs en total (10+40 Ums). B tenía entonces la opción de devolver la
mitad de la ganancia a A y quedar cada uno con 25 UMs o quedarse con la
totalidad de las 50 UMs. En los casos en que B decidió no dar parte de la
ganancia a A, a éste último se le dió la oportunidad de castigar a B. Durante
un minuto se le pidió a A que pensara en la forma de responder a la actitud de
B dentro de un abanico de opciones.
Durante
éste proceso de decisión, a los sujetos A se les realizó PET cerebral (positron
emission tomography) para monitorizar la activación metabólica de diferentes
áreas cerebrales.
El
estudio mostró que la decisión de A de castigar a B estaba precedida por una
activación del núcleo caudado, una zona del cerebro que en estudios previos se
ha relacionado con el procesamiento de recompensas. La intensidad de la
activación del núcleo caudado era proporcional a la magnitud del castigo que A
estaba dispuesto a aplicar a B. Los individuos con mayor activación del núcleo
caudado mostraban incluso mayor predisposición a asumir un coste personal con
tal de castigar a B.
Quiere decir entonces que tras el castigo altruista o la reprobación
social se esconden mecanismos neurocognitivos vinculados con el procesamiento
de recompensas. Frente a una situación injusta o reprochable, la búsqueda de
castigo para el infractor conlleva un cierto placer que incluso nos lleva en
ocasiones a estar dispuestos a asumir un coste personal con tal de ver pagar al
culpable. Llama la atención que la magnitud de ése deseo de justicia sea proporcional
al grado de activación del núcleo caudado. Sorprende que algo tan aleatorio
como nuestra respuesta a un hecho punible venga determinado por factores
biológicos, que incluso podrían tener distribución poblacional.
Será el primer monarca que deba preocuparse por conocer el tamaño del núcleo
caudado de sus súbditos. Toda una modernidad.
(1) The Neural Basis of Altruistic Punishment Dominique J.-F. de Quervain. Science
27, 2004 Vol 305)

Que vorágine de neurotrasmisión tendría en mi frustrado caudado si pudiera castigar a los corruptos dirigentes de la salud en mi país, soñar no cuesta nada...
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