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| photo via imway2fat.wordpress.com |
Hace unas semanas mientras visitaba a mi familia en Colombia, presencié el jolgorio nacional que representó haber clasificado en el primer puesto de la escala de países más felices del mundo (Gallup). Al igual que la mayoría, disfruté de la noticia y participé animosamente de las conversaciones que se generaron en torno al tema. Siempre es agradable que tu país destaque en algo que sea visto como positivo. Fue precisamente en medio de éstas conversaciones (y motivado en parte por las características antropométricas de los participantes) que comencé a pensar que tal vez podría existir una relación entre la felicidad y la elevada tasa de obesidad en nuestro país. La etología nos ayuda a analizar el asunto desde un punto de vista evolutivo. Desde ésta perspectiva, se considera que la felicidad pudo haber evolucionado de la mano de la expresión, como medio para favorecer la supervivencia. Las emociones tienen un doble valor evolutivo. El miedo, el temor, la desconfianza nos alejan de peligros, mientras que el júbilo favorece acciones positivas desde el punto de vista social que benefician la cooperación. (Nelissen, Mark). En individuos pertenecientes a un grupo, la predisposición a cooperar y el poder comunicarse de forma eficaz seguramente contribuiría a mejorar sus opciones de sobrevivir. Progresivamente sería igualmente importante
poder transmitir estados de ánimo para funcionar adecuadamente como
grupo
Traído a la época actual
en una sociedad como la nuestra, en la que flotan en
el ambiente carencias y peligros de distintos tipos, pero que sin embargo parece
permitir cierto grado de desarrollo, resulta comprensible que se
valoren aún éstas características ancestrales tendientes a favorecer supervivencia. Nuestros medios de comunicación están plagados de referencias a personas "guerreras",
y ser "vivo" es un atributo más que deseable.
Dentro de estas habilidades, en nuestra sociedad se enseña a
expresar las emociones con libertad y se
enseña también a interpretarlas. Somos buenos lectores y
transmisores de estados de ánimo. Esta habilidad comunicativa parece haber ido de la mano con el
desarrollo de un sistema de control de impulsos poco exigente, que no pusiera a
freno a nuestra necesidad de expresión y de
experimentación. Si hay peligros fuera, mejor vivir, sentir y expresarse intensamente.
Sería el sustrato evolutivo para la materialización de nuestra cultura
latina que nos invita a ser felices. Está científicamente comprobado que la
felicidad se contagia en una población como un virus de lenta
incubación. Ahora bien, ésta misma sociedad
algo carencial y que nos apremia a mantener
encendidas nuestras señales de alerta, enseña también a
aprovechar al máximo cualquier estado de abundancia. Lo que nos lleva a la comida.
Desde niños se nos enseña a no desaprovechar las oportunidades para comer y a hacerlo incluso cuando no tenemos apetito. Curiosamente, en nuestra cultura los niños van adquiriendo distintos grados de autonomía, que no se expresa a la hora de comer. Pasarán muchos cumpleaños antes que una madre le crea a sus hijos pequeños cuando dicen que no tienen hambre. El problema se agrava al vincular la comida al afecto. En un estado carencial, aunque sea subjetivo, sobrealimentar es casi una muestra de amor y el amor no entiende de adecuar el consumo calórico al gasto energético. Un
estudio reciente de la Universidad de Washington demostró científicamente que los hábitos alimenticios se transmiten de madre a hijo y que la
sobreprotección de la madre sobre la alimentación del niño genera en éstos una
relación insaludable con la comida en años posteriores (Morrison
H. Exploring the effects of maternal eating patterns on maternal feeding
and child eating. Appetite, 2013; 63: 77). Una de las
recomendaciones de los investigadores es servir porciones más pequeñas y
ajustar la ingesta al apetito, desvinculándola de las emociones y del deber comérselo todo. En la misma línea, recientemente se ha documentado la relación entre el nivel educativo de los padres y y la
frecuencia de ingesta de alimentos vinculados a la obesidad por parte de los
hijos (Fernandez-Alvira JM, Public Health Nutr. 2013
Mar;16(3):487-98). A menor nivel educativo de los padres, mayor ingesta de grasas y carbohidratos.
Lo
cierto que es que la obesidad es una epidemia en nuestro país y un factor
causal de múltiples enfermedades cardiovasculares. En términos epidémicos, la obesidad es un problema relativamente nuevo en latinoamérica; una oscilación del péndulo que parte de la carencia alimentaria de años previos. El problema debe verse en su
dimensión real y actuar en consecuencia. Según el informe Food Price Watch 2013 (Banco
Mundial) el número de obesos en américa latina se triplicará en los próximos 25
años.
Estoy convencido de que la solución comenzará por la educación de las nuevas
generaciones en la mesa, y por supuesto, por el reconocimiento de la obesidad
como una enfermedad, que no soluciona el cirujano plástico ni el bypass
gástrico. Es vital aprender a educar en el control de impulsos. Si tenemos la suerte de crecer en un
país feliz, tanto más motivados debemos estar para vivir de
forma saludable y disfrutar de ésa felicidad a lo largo de todos los años que
nos corresponda vivir.
Termino este articulo en medio de un vuelo con destino a Barcelona, preguntándome si los
colombianos que vivimos fuera del país, también somos los más felices del mundo.
J. Gabriel Acosta Vélez.
Cardiólogo.
Hospital Vall d`Hebron.
Barcelona.

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